Nuevamente un día de las tres ingracias, no son gracias ni desgracias.
Acaba a estas horas un día cubierto por un cielo plateado, tal cual los aviones del último de la fila, la melancolía embarga a los habitantes de la ciudad de las cien iglesias, la aceras brillan, húmedas y resbaladizas en las calles estrechas del casco antiguo. Los pocos paseantes caminan despacio, a riesgo de caer deslizados en el piso milenario, calzadas que han sido pisadas por las gentes desde los tiempos en que las coronas del imperio eran portadas, majestuosas, por sus hombres importantes.
El día de plata tiene también un halo de pérdida, de día vacío como el de ayer, en el que pasaron las horas camino a un día más, lleno de vacío, de catástrofe emocional puramente humana. El color y el aroma de las flores, ya muertas como a quien presentan, son sin quererlo, pese a su belleza, unas secundonas de lujo, eso si, como esas actrices de reparto de las que admiras su trabajo pero no recuerdas su nombre, de hecho, ni tan siquiera lo sabes.
La ingracia principal es la meta de la propia vida, esa a la que todos en algún momento y con calidad certera, todos vamos a rebasar aunque ya no seremos conscientes. No hay certeza sobre la consciencia sobre el paso, nadie ha vuelto para explicarlo. Se trata de una meta que no deja más que dolor, lágrimas y flores que se marchitan, como lo hará el pasante, como lo hizo toda su vida desde el momento en que comenzó su carrera, como lo hacemos todos.

Debe estar conectado para enviar un comentario.