CONFESIONES AJENAS CON JOCABET VILA

Cuando saludé a Mechi a la entrada de la clase de pilates el pasado martes, enseguida notó ella, con ese séptimo sentido que la acompaña, que algo gordo me estaba ocurriendo. Intenté hacerle una cobra verbal de esas que tanto se llevan últimamente, pero fue totalmente inútil. Directa, como es ella, me preguntó que tal había ido mi entrevista de trabajo del lunes.

En ese momento recordé aquello de «hablar ahora o callar para siempre». Mi cabeza continuó trabajando muy rápido, casi en función multitarea instantánea, como si estuviese haciendo magia, como hace ella… Otro pensamiento casi simultáneo afloró sin permiso «cuéntale, comparte»…para rematar, como si el angelito a la derecha y el demonio a la izquierda me aconsejaran, el enano rojo con rabo y tridente, se apoderó de mi voluntad, sin darme yo cuenta, me convertí o quizá afloró ese demonio que parece ser que algunos llevamos dentro. De repente no era yo, la Jocabet apocada y discreta de siempre, me había convertido en un auténtico tsunami, como la ola de la más grande. Y bueno, atrapada en una energía tan natural como devastadora, convertí en palabras el cúmulo de emociones negativas que llevaba dentro.

La entrevista… no quisiera hablar de eso pero sé que me iría bien. Cuando el domingo me enteré que buscaban dependientas con conocimientos de contabilidad pensé: «Esta es mi oportunidad. Jocabet, vuelves al mercado laboral.» Es cierto que he estado unos años cuidando de mis hijos, pero ahora que ya son mayores, ¿porqué no ayudar en la economía doméstica, que con tanta subida de precios cada día nos cuesta más llegar a final de mes? Así que, el lunes a primera hora decidí llamar. Me citaron ese mismo día, a la tarde.

Cuando llegué al negocio, en el mostrador del fondo de la tienda, me pareció reconocer a Lola, la ex del cacique de la noche, ya empezó la cosa a olerme mal y… no me equivoqué. ¿Qué hacía esa mujer ahí? ¿no tenía tanto dinero? ¿no era verdad lo que se comentaba que había quedado muy bien económicamente después de su tronado divorcio, que hasta varias cirugías estéticas se había hecho? En fin… Me sentí un torero a punto de ser envestido por seiscientos kilos de carne de toro. Torera y valiente, me creí.

– Buenas tardes, vengo por el anuncio, tenía cita ahora, a las cinco en punto- advertí que hizo un barrido visual de abajo a arriba y de izquierda a derecha sobre mi persona.

Respuesta de doña Lola, nada más mirar mi Curriculum -y digo mirar porque tras prácticamente arrebatármelo de las manos- me dijo: «Uf, 48 años, para vieja ya estoy yo. Aquí hacen falta chicas jóvenes y atractivas para que entren los clientes». Tras escucharla, educadamente, cogí el folio del mostrador, dije «adiós, buenas tardes» y salí rápida del establecimiento.

Me quedé… pues ya me ves como me quedé. ¿Pero que que se cree esa? Si es dos años mayor que yo, que iba a EGB -que por cierto no terminó- a la clase de mi hermano el mayor… Será… será… la muy operada, que ya no se sabe lo que es, con tanta cobertura de silicona que lleva la tía. Estoy indignada, no te lo puedes imaginar. Yo tengo 48 años y soy una persona muy trabajadora y estoy cualificada para ejercitar cualquier faena de dependienta. Tengo experiencia en atención al público, yo trato a las personas con educación y además, se vender. Fíjate si tengo educación que no la he dicho nada más que adiós, con lo mal que me ha hecho sentir y que horas después continuo sintiéndome mal, ¡caramba!

No entiendo como un empresario que quiera que su empresa funcione no acepte a las personas por una cuestión de edad. Quizá a la señora no le gustó mi cara porque soy del estilo de Manolo Escobar cuando cantaba; «Con la cara lavada y recién peiná...» y ella es más del tipo reina de la silicona.

De estas cosas, la ministra de igualdad debería hablar y tomar partido, porque eso pasa y mucho. El maltrato, la inaceptación, la humillación… esto no debería ocurrir. No se puede consentir que una persona en situación más o menos vulnerable -en este caso por la edad- tenga que sentirse una eme a causa de las palabras desacertadas de un entrevistador. Si uno no es la persona que el empresario busca, pues que apelen al recurrido «ya la llamaremos». No es necesario hacer mal a las personas. Ya sé la edad que tengo y creo que no he llegado a vieja. No quiero ni pensar lo que le habrá dicho esta señora, por llamarla de algún modo, a cualquier otro demandante, si se ha metido con sus años, con sus canas o sus quilos. ¿Cómo puede ser que haya gente así? ¿Será que los rellenos le menguan la función cerebral?

Por cierto, esto pasó a principios de verano, hoy es 27 de julio -plena temporada- y el negocio está cerrado y precintado con una cinta blanca con unas rallas rojas y letras azules que dice. Policía, no pasar», Que mal royo ¿no? Todavía habré tenido suerte…

Aprovecho esta oportunidad que Mechas me ha dado par aconsejar, en especial a todos los que han leído hasta aquí, la lectura de Mobbing, para que se hagan una idea de hasta donde pueden llegar a hacer daño

Moobing, diario de una víctima, en Amazón

Son cosas de la edad, de Modestia a parte

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