TELEESCUCHA

¿Somos o no somos todas las personas iguales? Es más que obvio que no. Lo afirmo de manera rotunda y sin querer llegar ni más allá ni más acá de la realidad personal y compartida. Es cierto que en algunas sociedades y sobretodo en el ámbito legal, al igualdad entre las personas, sin dejar interferir su sexo, edad o credo, por decir algo, es aparentemente de igualdad. En otras no lo es y todos los sabemos. De esa misma forma que todavía no he afirmado nada nuevo, quiero aclarar que todo esto no es más que una introducción a las reflexiones a las que me voy a referir. Pertenecer a uno u otro sexo es una diferencia importante aunque tampoco es ahí donde quiero llegar. La verdad es que como apreciación personal debo decir que en el trato con mis semejantes no acostumbro hacer diferencias por este particular –de hecho, creo que por ningún otro… que tolerante y que buena soy…(es aquí donde añadiría un emoticono de pura carcajada) Mi acto de reflexión –para otros quizá esto mismo lo sea de meditación o incluso de introspección, va dirigido a la diferencia que existe entre las personas a la hora de hablar de ellos mismos. Hace unos días escuché una conversación en el metro. Dos mujeres que me parecieron amigas, conversaban de sendos matrimonios. Mientras una escuchaba de forma estoica como y con que frecuencia mantenía relaciones sexuales la otra, llegó por fin el final de su exposición, a la que puso broche de oro con una pregunta a su contertulia: “Oye, ¿y tú cada cuanto lo haces? El convoy se había quedado en silencio y la pregunta la escuchó hasta el vigilante que controla los monitores de seguridad. A la mujer no se le veía intención alguna de airear su vida íntima y decidió contestarle prácticamente a la gallega. “Oye, ¿si a ti no te gustaba que tu marido te hiciera tal cosa o tal otra, porqué has esperado treinta años para decírselo? “ “Es que yo he cambiado” le dijo la expositora, a lo que recibió como respuesta: “Ponte por un momento en el lugar de tu pareja, que estás cambiando, es seguramente algo que no va a contemplar, posiblemente, lo que se pregunte sea quien te ha enseñado esas nuevas cositas que le pides ¿no? La mujer se quedó perpleja y volvió a preguntar: “¿ A ti nunca te ha pasado esto?” Ni corto ni perezoso, la otra mujer se levantó y le dijo: “A ti te lo voy a contar…” Hay fue donde yo empecé a especular sobre la diferencia. En este caso, me refiero al pudor de las personas al hablar de algunos temas, en el caso de estas mujeres eran sus relaciones sexuales. Lo que para una estaba suponiendo una liberación para la otra era un auténtico bochorno y seguramente por ello, no estaría ni más ni menos satisfecha en su vida íntima, sino que sencillamente, tenía muy claro el concepto de intimidad.

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