¿Cuál es la coincidencia más rara que has vivido?
Y volvió la mula al trigo, decía mi abuela cuando algo se repetía, cuando una conducta o una anécdota cualquiera volvía a suceder. Yo era una niña movida y reincidente…
Y justo está mañana, sin todavía visitar a mi querido Jet, creo que él, me leyó el pensamiento o quizá pensó en la punta tan afilada que podría hacer con esa pregunta la servidora aquí presente.
Ocurrió hace unos años, casi podría afirmar que fue I,AC (un año antes del COVID-19😷)al entrar en una pastelería de mi pueblo. Pero esa fue la segunda vez…
La primera de estas coincidencias sucedió justo en el año 1974, I AT, (un año antes de la transición). Durante el verano de ese año, conocí a un grupo de chicas y chicos que desde entonces, a pesar de las distancias, siguen formando parte de mi vida. Una de las chicas, de mi misma edad y procedente del sur de Francia, era como una gota de agua a otra , comparada conmigo. Solo unos centímetros más alta y un leve acento francés en su castellano era la diferencia entre ambas. Un hecho más que curioso para todos aquellos que lo vivimos en primera persona. Cuando yo decía a alguien que tenía una amiga que era mi doble, me decían que era un rollera y se reían de mi. En mi inocencia pueril, dudaba de mi propia vida, de si lo ocurrido durante un par de veranos fue real. Lo cierto es que seguí viendo al resto del grupo unos años más, hasta que la adultez de antes iba llamando a nuestras puertas como una vendedora de Avon, tal familiares en aquellos tiempos…
Volviendo a aquella segunda vez, en la pastelería de mi pueblo… Un hombre se dirigió a mí y me dijo «Buenos días Marisa», al oírlo me quedé helada , un podía y no podía ser a la vez, un ir y venir dentro de mi cerebro efervescente… «Buenos días, pero… Creo que me confunde con otra persona» , le dije con una inusual sonrisa. «Perdona pero.. no eres si eres Marisa Bell?» Al ver mi cara entendió que no y pidió disculpas. Marisa Bell era aquella niña que fue mi amiga cincuenta años atrás.
La historia de mi abuela Antonia, que no, María Antonia, ya la dejamos para otro momento. María Antonia era mi otra abuela, la que me daba besos vacíos, carentes del más mínimo halo de afecto, -una o dos veces al año ocurría el siniestro…- Todo porque mi padre no quiso llamarme como a ella, como al resto de sus nietas -mis primas, que todas se llaman igual. De mi padre, debo decirles algo. Y a ti Jet, también. Personas como él, difícilmente se repiten. Demasiado grande, mi padre. No puede, no hay ni habrá coincidencia.
Hoy quiero dedicar mi escrito a todas esas mentes inquietas que pululan por ahí, más para bien que para mal, en especial al compañero Lluis. Y también al gran nadador y presidente, Pedro Erre, que harto de mis monólogos accidentales, me invitó a escribir de nuevo.

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