EL IDILIO MÁS LARGO DE MI VIDA

Vengo de una familia donde tomar una copa estaba relegado a una fiesta de guardar, un anisete en Navidad y alguna boda, poco más.
En el colegio de monjas donde me eduqué, el alcohol quedaba representado por el agua del Carmen cuando los menesteres menstruales aparecían allá por los tiempos en que se creía que las aspirinas tomadas con cola, convertían
tales sustancias en un derivado monstruoso que llamaban heroína… Vaya usted a saber, eran otros tiempos, unos en los que la poseedora de la sabiduría era la madre superiora o la Espasa y no San Google como ahora…
Hubo en esos tiempos un punto de inflexión en mi vida, en el cual pasé de ser poseedora de una inteligencia muy por encima de la media a una fracasada con cuatro suspensos.


Fue entonces cuando para bien o para mal, para poder terminar el bachillerato me vi obligada a emigrar a un instituto público, donde pasados unos meses, quedó más que demostrado que mi inteligencia no había perdido puntos respecto a la media y además de pasar un curso a la bartola, aprendí
muchísimas cosas, entre ellas, a fumar y a beber cerveza.
A unos seiscientos quilómetros de allí se gestaba la conocida movida, con sus artistas y sus descubrimientos y yo, no iba a ser menos, descubrí la Voll Damm.
Con la Voll, he mantenido el idilio más largo de mi existencia.
Eran otros tiempos. Eran tiempos en los que en las cantinas de los institutos los alumnos podían tomarse un cubalibre a la hora del patio o comprarse un paquete de Ducados. Yo, ni una cosa ni la otra.

Al principio no era más que la rara que venía del colegio de las monjas, aquella a la que el profesor de religión decidió convalidar la asignatura nada más conocer su procedencia. A mis compañeros, el cura progre y comunista que nos impartía la asignatura, los apretaba inquisitivamente hasta el punto de dejarles colgado el curso hasta septiembre, como si Torquemada hubiesebvuelto de manera remasterizada a aquellos años de cambio que fueron los ochenta.


También en aquel curso descubrí que no solamente yo me revolvía ante los roles establecidos para las mujeres. Ah… no les dije… pues descubrí que no era necesario ser maestra si decidía no colgar los libros. Pero bueno, fácil tampoco fue.
Día si día no y el del medio también, no faltaba quien me recordara que era parte de aquello que llamaban el sexo débil.
Y bueno, una de las maneras que encontré para reivindicar mi posición de fuerza, no fue otra que competir con los muchachos en mi aguante con el alcohol.


Como he comentado antes, en la cantina se expedían bebidas alcohólicas y cuando llegaban los resultados de las evaluaciones, los aprobados celebraban con vino de moscatel. Lo dulce no era lo mío y mi celebración era una oda entoda regla a mi nueva conocida, la Voll.
En uno de aquellos rifirrafes entre sexos -entonces los de los géneros quedaba
relegado a la gramática- me enfrasqué con un chaval, un par de años mayor que yo, con el que había tenido algunos dimes y diretes en clase de física.
A mi mente controlada por las hormonas en esos tiempos, no se me ocurrió otra cosa que competir a ver quien era capaz de beber más cerveza. Y ahí, yo envalentonada con mi metro y medio y del otro lado, un chico de metro ochenta y un par de años más, nos apostamos ante la clase de tercero y la de Cou, a
ver quien era el más fuerte. Y bueno, después de ocho cervezas enteritas, como pude, me fui contenta a mi casa, no sé si por ganar a aquel grandullón engreído o por el efecto de la doble malta en mi organismo.

Y hasta hoy, la Voll sigue siendo la pareja más duradera de mi vida.
Salud!

Recuerdan la canción de «El calor del amor en un bar»? Casi tan antigua como la historia.
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