LA VUELTA DEL LOBO

Eso de hacerse expectativas, es casi, y digo casi, como comprar lotería que ya se sorteó y no tocó. Seguramente por ello uno se mueve habitualmente bajo una conducta que bien pudiera ser samaritana, aunque lo cierto es que dista bastante de serlo, incluso se podría decir que es nada más que el envoltorio llamativo de alguien que opera con la intención totalmente opuesta. Un lavado de conciencia íntimo y personal, cuyo verdadero fin, es sentir que la vida le sonríe, que lo premia a diario con todo aquello que le rodea. Y cuando se hace referencia a «todo aquello» suele funcionar, la adrenalina encuentra el equilibrio de una obra clásica, de esas que lucen en total armonía. No sucede lo mismo cuando se alude a «todos aquellos». Eso ya son palabras mayores.

Decir todos aquellos, es hablar de individuos con cédula de identidad, por abreviar un poco: Gente. Gente que no deja de sorprender, gente arruinada moralmente, que no llega a nada porque se sobreestima tanto (si, algo así como un narcisista evolucionado) que no pone límite a sus objetivos y cae una y otra vez del edificio más alto, hasta que un día la presión es tal, que se van a la torre de Babel y se marcan uno vuelo en caída libre con vistas a Port Aventura y final dramático. Y es que los del grupo «todos aquellos» son especialmente vulnerables a las adversidades exógenas. Es una de las consecuencias de mirarse tanto el ombligo o de no levantar la cabeza. Se acostumbran a marcar sus propios retos, como si vivieran solos, habiendo olvidado por completo que son individuos sociales que quieran o no forman parte de un todo dinámico que puede retarlos en cualquier momento.

Cuando todo sale bien, se regocijan hasta la saciedad, sin dar importancia a los espectadores, que en ocasiones pueden ser sensibles. La alteración desencadenada por el reto exógeno, los sacude con tal intensidad que los desaprovisiona del disfraz de turno y deja a la vista al ser infecto que se oculta tras las flores: cero dulzura, cero paciencia, cero vulnerabilidad, cero sencillez, cero honestidad. El reto es una plaza, y la plaza no es en realidad una estabilidad, llevar pan o cualquier otro veneno a la mesa de tu casa; el reto, en realidad, es una carrera encarnizada en la que todo vale, donde destrozar a los otros, no necesita de visita al confesionario, sino más bien una misa negra, que les haga comulgar con el más allá para olvidarse por completo de cualquier pudor, de un mínimo sentimiento de culpa, para agredir sin contrición, para exterminar a los más débiles sin el más mínimo remordimiento.

Algunos de todos aquellos, alardean de trabajadores duros, de conseguir todas sus metas tras una generosa sonrisa, que no es más que el telón de la mezquindad, del más absoluto sentimiento de superioridad ante el resto de congéneres, corrigiendo lo incorregible, manipulando bajo la bandera del optimismo y el valor de la moralidad, haciendo valer como extraordinario y únicos, todos aquellos valores que el resto asumen como parte de una generalidad, por no incurrir en elucubraciones acerca de la deformada normalidad.

Los míticos lobos con piel de cordero han vuelto, o tal vez no marcharon nunca. Seguramente es eso, se adaptaron, se hicieron resilientes y se confundieron con el resto. Ahora, quizá sea el momento de poner vallas al campo o de blindar nuestro corazón.

TODO

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