CONFESIONES AJENAS CON WENCE PEREIRA III

A la altura del 159 y tras un pequeño escapare se encuentra Nostradamus.  Me extrañó mucho la dirección y le envié un whatsapp a mi amigo creyendo que me había equivocado.

Justo en el momento que pulsaba la flechita de enviar, di una vuelta sobre mí mismo sobresaltado.  Yo no he sido nunca de creencias esotéricas ni ningún otro tipo, me considero muy terrenal, por lo que al encontrarme en aquel lugar y notar que alguien palmoteaba mi espalda, casi me envía al otro barrio junto con el mensaje que acababa de enviar.  Era Manuel y allí era donde habíamos quedado.

No me había equivocado, razón por la que todavía me sentía más contrariado.  Nos abrió la puerta una mujer rubia de rostro sonrosado y sonrisa afable, y no sé cómo, me tranquilicé.  De pronto sentí una relajación en mis músculos que creo no haber sentido hasta ese momento en mi vida.  Nos dijo que esperásemos un momento, que todavía no había llegado.

Yo miré a Manuel y pensé de ¿qué diantres habla esta mujer? Pero todo ello sin alterarme en absoluto i mirándolo con cara, no sé si de póker o de mus, no sé…  Curioso…

La mujer nos dijo que pasásemos tras una cortina roja que había al  final de la tienda.  El lugar estaba lleno de objetos: imágenes de santos, hadas, brujas, velas, inciensos,  bolas de cristal, y un sinfín de material desconocido para mí.  Yo no había visto llegar a nadie, pero no dudé en entrar, como digo, me sentía tan laxo, era  una sensación como de que todo me daba igual, no era indiferencia, era algo parecido a la tranquilidad, a la calma total.  Tras la cortina nos invitó a sentarnos en unas sillas de anea pintadas de verde decoradas con flores doradas.  Todo el vello de mi cuerpo se erizó de repente, aquellas sillas eran iguales a las que mi madre tenía en nuestra casa de la calle Alpes cuando yo era chico.  El corazón me dio un vuelco.

Nos sentamos y esperamos un rato, o eso me pareció.  La verdad es que habíamos quedado a las siete de la tarde y cuando salimos del establecimiento era alrededor de la media noche, aunque mi percepción del tiempo transcurrido allí dentro no superaba la media hora.  Media hora en la que hablé con mi madre mientras Manuel –ahora mi primo-  escuchaba y yo, sin tan siquiera plantearme que fuese ahora mi familia, en lugar del sobrino de la vecina.

Entiendo que no puedan dar crédito a mis palabras, pero si fuese notario daría fe que aquello pasó.  ¿Y qué pasó?

En la sala entró un anciano vestido con una larga túnica color púrpura y se sentó en la tercera silla verde.  Recordé sonriendo que mi madre tenía 4 sillas, no tres, y sentí tranquilidad.  De repente observé que en aquella sala había una mesa redonda vestida con unas enaguas rojas y un tapete verde, parecido a los de jugar a las cartas.  En aquel momento atemporal pensé que me había llevado a que me leyesen las cartas, no me daba cuenta de lo equivocado que estaba, todo seguía siendo algo baladí.  Mi vista se centró en el tapete, como esperando a los arcanos.  Creo que cerré los ojos un momento y al volverlos a abrir, se había incorporado al mobiliario la cuarta silla verde decorada con flores doradas.  La silla no estaba vacía, no sé en qué momento Dolores la ocupó. Al verla no me sobresalté, empecé a sentir que Dolores era parte de mí, mi familia.  Y entonces Dolores habló: “Hace mucho tiempo que mi alma errante busca la paz sin encontrarla, me fui con un secreto que sellaron mis labios y necesito liberarlo para poder descansar”.   El hombre de la túnica se levantó de la silla y yo durante un instante seguí sus movimientos con la vista.  Al volver hacia Dolores, la cuarta silla estaba ocupada por mi madre.  Era todo tan real, solamente mi pasividad me daba una pista de que aquello que estaba presenciando no era real.  No sentí emoción al ver a mi madre allí sentada, no más cuando ella estaba viva y nos veíamos. 

De repente algo comenzó a cambiar.  Mi madre miró a Dolores, como autorizándola.  Iba a decir algo pero me daba la impresión de que le faltaba valor pese a su impaciencia por descansar eternamente.  “Vamos, amiga”, le dijo mi madre.  “Yo…” comenzó Dolores.

“Tu madre soy yo” y tras decir esto, mi madre y mi madre, las dos, desaparecieron en la oscuridad sin dejar rastro.  Y yo, me encontré en la calle con Manuel, viviendo otra realidad, una nueva.

LAS SILLAS DE MAMÁ
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