DLM, CUANDO LA REALIDAD SUPERA AL SUEÑO

Exactamente no sé si fui yo o vinieron ellos. Tampoco tengo la certeza de cuantos acudieron o con cuantos me crucé. No puedo diferenciar si se trataba de un escenario o un ecosistema, aunque tengo bastante claro que se trataba de un lugar artificial. Bueno, ahora mismo ya no lo tengo tan claro. Han pasado varias horas del encuentro -así no dudaré entre si fui o vinieron- y ya no tengo tan claro si el escenario era natural o artificial, porque… ¿Quién dice cual es cual? ¿Quién puede afirmar que todo no es más que una parte de subconjuntos que se incluye dentro de otro y que entremezcla la materia? Como una obra de Antoni Tàpies, por poner un ejemplo visual y comprensible.

Parecía tratarse de un centro comercial, genérico, con todas las franquicias… sin personalidad, aunque si no se trata de una persona, sino de un espacio, ¿deberíamos llamarlo «espacialidad»? estaba lleno de personas desconocidas que hacían colas interminables en todos los negocios. Quería separarme de aquella marea humana pero ellos -los que no sé si vinieron o fui a ver- me lo impedían. En algún momento conseguí soltarme y casi quedo estampada en los cristales azules que formaban el lateral suroeste del edificio. Al quedar con la cara pegada al vidrio me di cuenta que un centenar de autos esperaban para repostar. Un gran rótulo de neón anunciaba que con la compra de doscientos euros de combustible regalaban una paletilla de cebo.

Hay quien espera a los momentos de incertidumbre social y económica para hacer grandes negocios. De todos es sabido que la mayoría de las grandes fortunas se forjaron en esos tiempos de la misma manera que hay personas deben vivir un periodo de psicosis colectiva para que los ratones no entren en su frigorífico a suicidarse. Antes fue el papel higiénico y ahora es el combustible. Sigamos comprando lo que no necesitamos y contribuiremos a una escalada de precios descomunal. ¿Tiene que aparecer un virus o una guerra para tomar conciencia de la fragilidad de nuestra existencia?

De repente dejé de verlos. Un sueño profundo y placentero, totalmente ausente de dolor. Al levantarme, como cada mañana fui abriendo ventanas y subiendo persianas hasta que, al llegar a la cocina, no era el sol quien iluminaba la estancia. Unos vasos con restos de café y algunas migas sobre la mesa, me confirmaba que ellos habían venido y no teniendo constancia de los precios de la electricidad, habían dejado la luz encendida.

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No nos olvidemos de vivir, por si acaso
Publicado en DIARIO DE LA MAGA, ENSAYO DE A PIE, ENTRETENIMIENTO, SENSACIONES | Etiquetado , , , | Deja un comentario