Y dieron las doce en el reloj de la plaza atestada, esa misma que atravesamos sin oír más sonido que el de nuestros pasos al encuentro, que tras tocar el cielo un instante, hecho materializado no más que en un efusivo abrazo, tomé el camino de vuelta a casa, con, de igual manera que en el viaje de ida, poco más que el volante entre las manos, mas una explosión en el pecho que salía a borbotones en mi sonrisa, a ciegas, en la oscuridad de la noche, iluminaba sin quererlo la carretera solitaria que me devolvía a la realidad de mi vida.
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