CONFESIONES AJENAS CON NICO ATIENZA

Un día desperté acostado en la cama de un hospital. No había nadie conocido a mi alrededor. Una enfermera me saludó en tono educado, a lo que yo respondí de la misma forma y aproveché utilizando la mejor de mis sonrisas – por decir algo, porque parece ser que en mi caída perdí literalmente toda mi dentadura, a lo cual dudo, que mi sonrisa, lejos de aquella de la que un día estuve orgulloso, pudiera parecerse en algo, pero bueno, es lo que hay…- para preguntarle como había llegado yo allí.

La enfermera me explicó que hacía tres días que estaba allí y que habían llamado a los contactos de mi móvil -no me lo habían robado, aunque esa es una de las ventajas de usar un celular pasado de moda, que ya no lo quiere nadie..- también me dejó claro que nadie había venido a visitarme.

Mi teléfono se había quedado sin batería, debía ser eso. ¿Dónde estaba mi familia?

Estaban en casa, haciendo su vida, como habían hecho durante los últimos veinte años.

El médico, justo antes de salir del hospital, me hizo una recomendación que poco tenía que ver con remedios de botica. Me dejó muy claro que esto que me había ocurrido era no más que un aviso, que la próxima vez podía correr peor suerte.

Yo no entendí nada. A lo mejor no quise entender. Rectifico, en esos momentos era incapaz de comprender nada. Lo que estaba deseando era salir de allí, entrar en un bar y pedir una copa de vino. La necesitaba. Y así lo hice.

Habían pasado varias hora de mi alta hospitalaria cuando llegué a casa. No había nadie: Mi mujer debía de estar trabajando y mis hijos en la escuela – pensé que en la escuela, pero un tiempo después me enteré que la escuela era solamente era por las mañanas y que por las tardes acudían a hacer deporte el uno y a trabajar en Mcdonal’s el otro -lo hacía para ayudar en casa pero yo no sabía nada-

Cuando llegaron de sus obligaciones yo me encontraba dormido en el sofá: entre el vino y lo calentito de la manta del Ikea, me había quedado frito. Me debieron ver tan dormido que cenaron sin mi y se fueron a la cama – tiempo después descubrí que cuando estaba durmiendo tenían por costumbre no llamarme para comer, pues comía poco y bebía mucho, y si dormía, no bebía-

Y así pasaban los días, y a mí mi casa me parecía perfecta, una auténtica balsa de aceite: no había una palabra más alta que la otra, una discusión, nada de nada – eso era lo que a mi me parecía, claro está, más adelante descubrí que no había discusiones porque no nos veíamos, porque más que una familia éramos unas personas que compartían piso, o cama, según con quien. Cuando yo llegaba de mis obligaciones ellos dormían y yo muchas veces les daba un beso de buenas noches.

El tiempo había pasado rápido y yo no me había dado cuenta. No era consciente. Mi vida era la misma desde que tenía uso de razón y entendía que era perfecta, que así tenía que ser. Cuando mis amigos me echaban en cara la suerte que tenía yo no sabía de que estaban hablando, mi vida me parecía lo más normal del mundo. Yo me mofaba de su conducta, los trataba mal por el hecho de no tomarse más de un vino conmigo y no todos los días, me reía de ellos y los acusaba de ser unos calzonazos. Y ellos me lo aguantaban. Y el resto de los asistentes me jaleaban y apoyaban entre risas y vinos. Ellos, igual que yo, no veían otra vida que no fuese esa: la del bar o la taberna después del trabajo, alternando entre copas hasta caer rendido, y tras llegar a casa, casi a la rastra, dormir hasta que al día siguiente se hiciera la hora de ir al trabajo. La vida era eso: Trabajar, mis copas, llegar a casa, picar algo y a dormir, y del resto, lo justo, vaya tontería.

En alguna ocasión me rebotaba con mi familia, me parecía que se preocupaban de muchas tonterías y le daban importancia a cosas que no la tenían.

La segunda vez que fui al hospital, no tuve tanta suerte. El médico me dijo: El vino o la vida. Y opté por la vida y por la tarea de recuperar todo aquello que siempre había tenido y una había disfrutado. Aunque no reconocí abiertamente nada de esto, me puse en ello, y si duro era enfrentarse a una copa, mucho más difícil era recuperar a mi familia. Continuábamos a destiempo, ellos llevaban muchos años conviviendo conmigo, yo recién comenzaba a estar con ellos.

Anuncios

Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
Esta entrada fue publicada en CONFESIONES AJENAS, ENTRETENIMIENTO, RELATOS. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a CONFESIONES AJENAS CON NICO ATIENZA

  1. rubengarcia dijo:

    Terrible vida, pero el alcohol anestesia todo, el sentido común y la familia. un abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s