Me cuesta horrores, incluso algo más que olvidarte, diferenciar quien de los dos en realidad era el dueño de mis deseos. Entonces, desconocía si eras tú o eras él, aunque esa afirmación no era del todo cierta, no sabía si tu nombre era el uno o el otro pero la realidad distaba mucho de importarme. Lo verdaderamente importante era que yo amaba tu alma, aquella que transgredía toda frontera identificadora, aquella que, lejos de ser de aquí o de allí, de comportarse bien o mal, no era más que un espíritu cautivo de un cuerpo al que yo, de manera casi inconfesable, idolatraba. Y era inconfesable porque amar de esa forma, dentro de mi educación cuadriculada, piadosa y contemplativa, era algo completamente indecente. Pero me daba igual, era mucho más fuerte que yo misma, aunque en el fondo sentía rabia por ser una víctima de un sistema que yo consideraba injusto y de mis propios sentimientos, a los cuales no podía dominar y no me permitían estar dentro de los límites establecidos.
La estancia en el infierno con la cual debían culminar todas las malas acciones, no eran sino unas vacaciones en todo incluido. Mi vida en si ya era un auténtico infierno, la prohibición absoluta de parte de los instintos me había convertido en un ser incapaz de sentir, quizá por ello no me importaba más que su ser, sus abrazos, todo aquello que emanase de él, independientemente de su nombre, de su vida fuera de la mía. Y seguramente fue en esa dejadez absoluta de mi persona, donde perdí la insensibilidad en ese afán por formar parte de la masa social ilegible, donde pudiera pasar el resto de mi existencia desapercibida de ti y del resto del mundo, sin darme cuenta que sin sentir, estaba muerta.
Liberar las emociones ayudan a aflorar los sentimientos y el amor sabe mucho de eso.
Un saludo
Gracias Lorena
Salu2