Pasé trece años de mi vida estudiando en un colegio religioso y una de las cosas que se encargaron de grabar a sangre y fuego en mi alma la idea de que amor es renuncia.
Y ahí quedó: Amor es renuncia.
Y empecé a vivir. Y a renunciar por amor. Una vez tras otra. Y dejé de luchar, total, para tener que renunciar, no había valor. Y un día me revelé, pero ya era tarde. Mi vida se convirtió en un continuo renunciar y se quedó vacía. Y entonces fue cuando dejé de creer. Dejé de creer en todo aquello que me habían enseñado. Y abandoné el camino. Y no me fue mejor. La vida me siguió dando golpes certeros y mortales. Y fue cuando me inventé otra vida para poder seguir viviendo. Pero no era yo.
Bueno era yo pero tenía que volver a la renuncia, en este caso a la de mi misma. Y me sentí vacía. E intenté de manera fallida llenarla una y otra vez. Y no obtuve nada que me llenase. Y me sentía mal. Me sentía mal porque tenía dentro de mi mucho que dar a mis semejantes y no sabía como hacerlo, me sentía impotente. Y de vez en cuando, en mi camino se atravesaban personas que me hacían creer de nuevo en la vida. Pero se iban de mi lado. Sentían que yo no tenía corazón.
Y yo, con mi corazón repleto, escondido para que no me lo lastimasen más, fui destruyéndolo poco a poco. Y empecé a hacer lo mismo con todos aquellos que se acercaban a mi. Y me sentí mala, me sentí sucia, me sentí nada.
Y un día decidí dejarme querer. Pero yo no quería. Y seguí renunciando. Y seguí sin vivir.
Y así hasta ahora, viajando en la vida, pero muerta.