CONFESIONES AJENAS, CON CATI MARISCAL

Fue un lunes. Me encontraba, o por lo menos creí encontrarme sola en el Woolworth, que es como se llama el edificio comercial donde trabajo. Mi jornada en la segunda planta había empezado, como todos los días, a las siete de la mañana. Era mi primer día después de vacaciones y según los calendarios del tablero, durante la semana debía encontrarme sola contra el mundo.
Empecé a poner en orden todo el papeleo que se había acumulado durante mi ausencia.
Me sentía enérgica, no existía en mi un ápice de síndrome posvacacional, y además los lunes son mis preferidos -descanso de ese descanso laboral que, sinceramente, me agota más que trabajar- En menos de media hora ya tenía toda la documentación clasificada y empecé a cursar todo aquello que me pareció prioritario. No tenía ningún compañero que me pusiera al día, tampoco habían dejado ningún mensaje dando alguna pista del trabajo pendiente. Si que alguno me había dejado algún mensajito en el correo, de aquellos del tipo “Yo me voy a Acapulco y tu te quedas con el pulpo”, pero eran desacertados, no solo por las alusiones que hacían de mi jefe, pegajosamente infantil donde los haya, un tipo de estos que pese a haber pasado la cincuentena, todavía de bebe la noche a cubetas de Brugal con cola y lleva coleta con traje, al estilo de mi querido Seagal en los noventa.
Durante un par de horas adelanté bastante todo el trabajo, en agosto, el teléfono parece estar de vacaciones, con lo cual, no me entretuve en menesteres telefónicos. Me dispuse a fotocopiar unos documentos cuando pude comprobar que la fotocopiadora no tenía tinta. Salí de la oficia, puse la alarma que por cierto, no estaba conectada cuando entré pero no le dí mayor importancia.. Conecté las cámaras y cerré con llave, aunque la verdad, estaba convencida de que me encontraba sola, pero prefería que me llamasen de la central a llevarme un susto. Cogí el ascensor hasta el sótano donde se encontraba el almacén y cual no fue mi sorpresa -bueno, más bien sobresalto- que me llevé al comprobar que tenía compañía, no era la única persona que se encontraba en el edificio como yo suponía..
Al abrir la puerta del almacén del material me tropecé con algo. Rápidamente, dí al interruptor del fluorescente, y cual no fue mi sorpresa al comprobar que había una persona durmiendo allí, en un pequeño colchón en el suelo. Parece ser que el impacto con mis pies entorpeció en cierto modo su descanso. Sin abrir los ojos, como si siguiese durmiendo, empezó a decir mi nombre de una manera extraña. Su voz había adquirido un tono rasgado a lo que si añadía el fuerte olor a ron que ofrecía el habitáculo, todo señalaba a que el Sr. Magín, había decidido aparcarse el el almacén tras adquirir una curda monumental y apoteósica. Por un momento dudé en volver a cerrar la puerta y continuar en otros quehaceres en los que no fuese necesaria ninguna impresión o coger la tinta y marchar.
Opté por lo segundo, después de todo, el pulpo conmigo siempre se portaba como un señor, supongo que porque ni era un pedazo de mujer y porque mi cerebro, al igual que mi edad o mis caderas, se extralimitaban de sus parámetros de visión.
Me dirigí a la estantería para coger la tinta cuando noté que mi pié había sido apresado por aquel hombre que yacía en una colchoneta en alto estado de post embriaguez.
Me miró fijamente a los ojos y me dijo que se sentía profundamente avergonzado de que precisamente yo, lo hubiese encontrado en esas condiciones.
El Sr. Magín no era santo de mi devoción, como suele decirse informalmente.
Para mi no era más que un oportunista profesional que por una sucesión de golpes de suerte y amiguismo había llegado a donde estaba. Era un hombre ambiguo, opaco, de carácter débil y ladino, una especie de Judas de modales refinados que tras ellos escondía de forma maestra todas sus carencias curriculares y laborales: No solamente estaba poco preparado para su cargo, a su incapacidad laboral, había que añadir su falta de resolución, efectividad y eficiencia a la hora de solucionar cualquier previsto o imprevisto, ya que no posee ni tan siquiera la facultad de ser capaz de organizar un protocolo de trabajo, parte de su trabajo que las abejitas obreras de turno, hacemos a al perfección – es a lo que nos hemos visto abocados desde su nombramiento, hace ya siete meses,además de consentir pataletas fuera de tono de cualquiera de los empleados a su cargo, entre los cuales no tengo el gusto ni disgusto de encontrarme. Aclaro, entre los empleados a su cargo si, entre aquellos que le propinan pataletas a cada rato mientras él escucha impasible, no. No vale la pena perder el tiempo con alguien como él.
Solté mi pié dando un puntapié de cuidado y le dije que a mi me era completamente indiferente si bebía o no, o si utilizaba el almacén del material como picadero público.
Entonces me dijo que tenía razón, toda la razón, y que por favor, dejara de decir aquellas cosas, que sabía perfectamente que no estaba bien lo que estaba haciendo pero que que lo que más le afectaba era que fuese precisamente yo quien me lo había encontrado en tal lamentable estado.
Aprovechando mi tirón personal y el que me estaba brindando en esos momentos, opté por darle la atención para continuar con un sutil nombre de gracia. Le dije que continuaba siendo el mismo cabeza hueca, aquella persona a la que hacía unos meses había puesto de manera ocasional en su sitio, pero estaba visto, que sus limitados recursos, no llegaban ni tan siquiera a comprender cual era realmente su auténtico lugar y el que a pulso, se estaba ganado.
Con mucho trabajo, consiguió incorporarse y me invitó a una cerveza. Le dije que ya había bebido mucho y que si continua en aquel deplorable estado, bajaría en otro momento, cuando el no estuviese. Acto seguido, se levantó de golpe, me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso que noté hasta la campanilla. Yo no entendía nada. Me dijo que no podía vivir sin mi, que mis vacaciones se le habían hecho eternas. En esos momentos me sentí tan mal que casi me había dejado sin palabras, ese hombre estaba mucho más ebrio de lo que parecía en un principio. Lo único que le dije fue que me sentía muy feliz -él sonrió e intentó abrazarme, el muy cabeza hueca- lo separé con fuerza y le dije que no entendía nada, que mi felicidad era prque por fin una de sus babosasas había quedado registrada y que me encontraba en igualdad de condiciones al resto, ahora y a tenía algo en mi poder que podía ayudarme a salvar mi trabajo. Eran varios los haraganes que pululaban a sus anchas por el edificio y que su única relación con la empresa era su nómina cada mes, sin ir muy lejos, él, que pese a su incompetencia, ejercía un cargo de los que puedes pagar a tres rasos, que además, triplican su trabajo. Vamos, que no le llamaban el pulpo porque trabajara a ocho manos, por lo menos, cuando le pagaban la nómina…
No tuve suerte, por costumbre y por dignidad, si bien tuve la suerte de poder seguir ejerciendo mi derecho al trabajo, no llegué a formar parte del club de los “vengo a fichar y a cobrar”. Le dí a elegir entre su dimisión y manipular las grabaciones. Por una vez, se portó como un adulto, subimos a la oficina y redactó -el solito- su renuncia. Me quedé atónita -ahí si que le hubiese yo plantado un beso- Tuvo la deferencia, en el documento, de añadir la verdad sobre sus colaboradores, indicando a la dirección de la empresa que no era necesario proponer a nadie para su puesto, que el trabajo salía sin su colaboración y que sin su supervisión y firma seguro que mejoraría notablemente. Por una vez, y me late que no creará precedente, se portó como el señor que aparentaba.
Sorpresas que da la vida…

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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