SUEÑO NÚMERO SEIS

En la sala de espera del centro de salud había una mujer que lloraba sin parar mientras su mirada vítrea se fijaba en el suelo.  De tanto en tanto, un suspiro rompía la monotoneidad de su estancia.  Otras veces, dejaba de clavar la mirada en el suelo para que, súbitamente taparla con sus manos temblorosas.

Debía haberle pasado algo grave, su aspecto era impoluto: vestido gris con zapatos de tacón a juego y un leve maquillaje, algo alterado, eso sí, en la parte de los ojos.

A su lado, una señora mayor espera también su turno.  La mira y le dice:

“¡Ahí niña! ¿Qué te pasa?  Con lo joven y guapa que eres, no puedes estar mala”

De golpe, la chica rompe su silencio con un fuerte llanto.  Da la impresión que de un momento a otro se desvanecerá en el incómodo asiento de diseño.  Le doy un pañuelo de papel, tiene los senos nasales atascados.  La señora mayor, le da un abrazo.  Durante unos minutos, no cesa su llanto.

La abuela le dice que no hay motivo en este mundo que se merezca ese dolor tan grande, que si quiere, que hable con confianza, que le irá bien el desahogo, compartir esa pena que la invade.

La chica se limpia la nariz con el pañuelo de papel que casi ya moja más que seca, y entre sollozos balbucea unas palabras.  Me parece entender que dice que a ella no le pasa nada.

Nos deja perplejas, a la señora mayor y a mí, sigue sin haber nadie más en la sala.

Continúa y nos aclara que son una serie de hechos que ha presenciado muy de cerca y uno tras otro, como quien dice, la razón por la que se ve en ese estado.

Yo le pregunto que qué ha visto y ahí empieza su relato:

“Me encontraba en el trabajo ayer tarde, cuando unos clientes me avisaron de que un chiquillo muy travieso hijo de una clienta, había abierto las llaves de paso del agua de la planta baja y se estaba inundando una parte del edificio.  El chiquillo, junto con su hermano y su madre, se encontraba en una zona de acceso restringido para los niños.  No es la primera vez que a la mujer se le ha avisado de que incumple las normas y del contenido de éstas, pero hace oídos sordos diciendo que en otros sitios pueden entrar o que nunca nadie le dijo nada. Bueno, por mi parte, ahí quedó todo. El problema fue lo que tuve que presenciar pasados unos minutos, ya que una de las personas afectadas era conocida de la señora.  Cuando se cruzó con ellos en la recepción, se dirigió a los niños y les dijo que tenían que portarse bien, como los niños de aquí, que no podían comportarse como fieras.  La madre los defendió diciendo que eran niños, que qué pretendía con lo que le estaba diciendo, y la señora le dijo que no les estaba dando educación, que el ser niños no justificaba de ninguna forma la permisión sobre todo cuando se está en un espació común con otras personas.  A la mujer, se le calentó un poco la boca y continuó cantándole las cuarenta: A los hijos hay que educarlos en la convivencia, que los hijos no se cogen para que la acompañen a una, que si necesita compañía que adopte un perro… En fin, una escena que he tenido que presenciar, y que aunque la madre se lo merezca, porque parece relacionar el oficio de madre con  darles de comer, bañarlos y llevarlos a la escuela o donde toque, sin darles la más mínima indicación, ni aviso, ni nada…  Yo no juzgo fuera, y cuanto menos, en mi trabajo.  No se me ocurriría decirle a ningún niño nada delante de sus padres, y puestos a decir, creo que tampoco se lo diría a los padres.  Es una cuestión de principios… supongo.  Eso quedó ahí, en la terrible vergüenza ajena que he pasado y que todavía me persigue.

Sin reponerme de esto, no habiendo pegado ojo en toda la noche, y con un dolor de cabeza producto de insomnio, ve voy esta mañana a trabajar.

Una familia con niños, también socios del complejo, se entretienen en unos trámites mientras los chicos se adelantan.  Un socio mayor, empieza a gritar a los chavales de malos modos que son unos maleducados, qué a donde van, que qué se han creído, que no pueden pasar…  El padre me mira y me pide permiso para decirle algo al casi octogenario socio.  La madre le dice que no le diga nada.  El señor continúa increpando a los chiquillos, que según él, no tienen derecho de estar ahí – aunque está equivocado- y empieza a correr tras los chavales con toda la intención de darles un azote.  ¡Les ha levantado la mano!  Viendo eso, el padre ya no se contiene y sale corriendo para defender a sus hijos.  Llega a tiempo de cogerle el brazo al hombre.  Le dice cuatro cosas bien dichas, con educación, y el viejo se va gruñendo pasillo adentro. Me pregunta que qué puedo hacer yo, le explico, tras decirle que siento mucho el incidente, que puede levantar una denuncia o una queja.  La mujer lo coge del brazo y lo mira: “Cariño, no ha pasado nada” Y asiente.  Y ahí queda todo, en el aire, con poco más que una nota de atención en el diario de a bordo.

Siguiendo la ruta violenta –la verdad es que se me viene a la cabeza aquella película protagonizada por Michael Douglas, “Un día de furia”, creo que era el título, me siento como un daño colateral de una secuela…

Por fin salgo de trabajar y de vuelta a casa, los coches se detienen.  Pienso que es la cantidad de tráfico, por las fechas que estamos.  Rápidamente salgo de dudas y compruebo que la culpa del tapón la tienen dos coches parados ocupando los dos carriles.  Había llovido y el suelo  estaba mojado.  Asomo la cabeza por la ventanilla del coche y veo dos hombres rodando por el suelo, ensalzados en una monumental pelea estilo hollywoodiano.  Se estaban dando bien…

Los miro y  los miro, no puedo hacer otra cosa, hay algunos coches delante del mío.  Estoy por buscar el móvil y gravarlos pero no es ese mi estilo, aun menos cuando me doy cuenta que uno de los que rueda por el suelo como una fiera, es uno de los mejores clientes de la empresa donde trabajo… ¡otro palo! Aunque no sea directamente conmigo, me siento afectada.  No sé si ustedes me entienden…”

Parece parte de un libreto, podría ser un sueño, ¡ojala no fuese más que eso!.

Me documenté sobre las profesiones de alto riesgo en internet y comprobé que entre ellas no se encontraba la de recepcionista en ninguna de ellas.

El título, como en muchas ocasiones, no da crédito, pues en lugar de seis, bien podía haberse llamado seiscientos sesenta y seis -666- lo digo por los demonios que este fin de semana andaban sueltos por ahí.

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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3 respuestas a SUEÑO NÚMERO SEIS

  1. Adry dijo:

    suena a mis vecinos.si es muy estresante la falta de modales.
    p.d éste lo entendi todo,todo. 🙂

  2. almaleonor dijo:

    ¡Hola!
    Me ha gustado lo que cuentas y como lo cuentas… Lo de los niños,si, triste metáfora de la relación infantes (de otros) – Adultos (Yo)…. si yo te contara….
    Por lo demás, con los números ya se sabe que dan para todo… ayer viernes 13 fue un ejemplo paradigmático, pero al final son solo números. 🙂
    Suerte y gracias por tu visita.
    AlmaLeonor

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