QUIZÁS, AL ALBA

La cabecita inquieta que habita dentro de mí mostraba un surtido de historias para contar y yo, en mi acostumbrada lenta reacción a la hora de elegir por cual decantarme, no era consciente de que el tiempo juega siempre en contra de la memoria y que si uno no agiliza el tema, continúa sin expresar todo aquello que explota dentro y que por cuestiones básicas de salubridad es mejor exteriorizar, ya sea convertido en palabras o algún otro medio que consiga, aunque sea por un solo instante, el entretenimiento, de uno o del vecino, pero eso sí, de alguno que cuanto menos, respire.

Ayer fue retomar la historia de otra de las familias -pero mis obligaciones como enfermera doméstica me impidieron sobrepasar el límite de las primeras cuatro líneas; anteayer fue la historia de bajos fondos que me traigo entre manos hace ya un tiempo, y creo que en esa ocasión fueron nuevamente los valores morales aprendidos en la prehistoria de mi vida, los que impidieron que continuara con esa historia de tres eses -como dirían los anglófonos- y la verdad es que disfruto contándola, aunque haya decidido desde un primer momento y por varias razones no redactarla en primera persona.

Puedo aclarar que los motivos no se refieren al gran tema que me ocupa hoy, que no es otro que las historias que se pierden (aflora en mi recuerdo aquella canción de Aute, “Al alba”) lo que siento el deber de contar, sino de alguna forma excusar el síndrome de los dos rombos, que a muchos de nosotros -que no a todos- estigmatizó para el resto de nuestras vidas-, con ello vengo a explicar, sobretodo viniendo de mi, casi lo inexplicable. Seguramente con todo esto no hago más que decirme en mi cara que no soy la que creo ser, y mucho menos aquella que presento ante aquellos que comparten espacio conmigo. Pero no quiero sentirme mal, sentirme como una falsa, una hipócrita, una mentirosa… No quiero continuar sintiéndome víctima, deseo seguir cuanto menos interpretando este papel sin tener sentimiento de culpa.

Como decía antes, hablando de esas historias -las que no acaban de perderse, pero que se encuentran estancadas- desde un principio, al fin y al cabo, no son más aunque sea de forma muy indirecta, el reflejo de algo de aquel que las crea y recrea. Y una de esas características puede no encontrarse a veces en la historia en sí, sino en los retos que el escritor se encuentra, se busca o se propone, a la hora de expresarlas. Quería en esta ocasión al igual que en otras muchas, dejar de lado esa primera persona que parece comprometerme, no sé si porque dirán mis vecinos o por autoretarme a una redacción desde otro punto de vista. Pues ni una ni la otra. Todo se reduce al temor de saber hacerlo. Esta afirmación nos lleva nuevamente a recriminarme a mi misma, cosa bastante contradictoria para alguien capaz de inyectarse una dosis de si misma cada mañana, no se si a modo de reinvención o de confirmación, quizá un poco o un mucho de ambas sería lo más correcto.

La historia de hoy iba a ser una parábola sobre el desastre social en el que estamos inmersos, ese que algunos solo ven como económico y otros desde el punto de vista humanitario. Y después de haber hablado tantas cosas sobre mí, creo que aunque sea sin extenderme mucho para no aburrir a nadie, debo hacer un intento de esos que digo hacer cada mañana, y aplicarlo a esa historia que vino a mi cabeza al salir al balcón y ver un amanecer que parecía manchado con oscuridad permanente.

Por un ratito viví la vuelta del creador, el del principio de los tiempos, que decía volver al mundo tras una larga depresión después de la pérdida del mejor de sus hijos, aquel que hace ya muchos años, envió como redentor de los habitantes de estas tierras.

Sentíase aterrorizado de lo que sentía su obra y culpable por no haber sido capaz de reaccionar ante tal desbarajuste. Es por ello que por un momento pensó en un escarmiento para tanto oportunista sanguinario, pero se frenó. Recordó que las plagas una vez enviadas no fueron más que un episodio fugaz y fútil en comparación de los agravios realizados por lo que, pasado un rato, decidió que lo mejor era dar un revés magnánimo a todo aquello que se mueve o lo intenta sobre la faz de la tierra.

Habló entonces en las conciencias de todos sus hijos -DE TODOS- y le expuso alto y claro lo que a partir de hoy y por un periodo indeterminado ocurriría:

Desde hoy mismo, no quedará en mis dominios ser moviente ni viviente cuya supervivencia dependa de un tercero, exceptuando solamente a lactantes y semejantes”

Quedé impertérrita ante el decreto, no sé si me sentí iluminada o también lo vería así el resto. Mientras yo daba vueltas a ésto, observé que mi entorno estaba cambiando, los edificios se estaban desvaneciendo, las petroquímicas se evaporaban en el horizonte, todo lo construido desaparecía y una tierra virgen, por algunos sitios desértica, por otros, vergel, empezaba a mostrarse ante mis ojos…

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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