Cada día me convenzo más, tengo la más absoluta certeza, de que en esta vida hay que ir cerrando ciclos para poder avanzar en los nuevos menesteres que nos van apareciendo en el camino.
Y bueno, dicho ésto, debo explicar que después de tres meses y quince días, debo pasar página tras la pérdida que ha supuesto para mi la desaparición de Deyanira Alarcón.
Nuestra historia pudo durar bien poquito, una semanita o poco más, pero lo fui alargando.
Deyanira me envolvió de tal forma entre sus papeles que iba y venía sin salir del espacio reducido que suponía un alojamiento en Venecia. Fuimos y vinimos de cielo al infierno tantas veces que contarlo una y mil veces no hará jamás crédito a nuestra historia, que como sus papeles en el agua, se resistieron a hundirse tras su marcha.
Tal fue mi recreo que llegué a confundir una y otra vez los dos medios como una pequeña Alicia que encuentra otra realidad tras el espejo. Dudé si era ella o era yo, si aquellas frases algún día fueron mías. Si es difícil conseguir que un lector se enganche con una historia, mucho más lo es que se sienta parte de ella, y sin duda el más difícil todavía se encuentra cuando se cruza la línea de la ficción -el espejo- y se llegan a confundir los planos, a modo de universos paralelos.
La admiré tanto que casi la amé y es por ello que lloré su pérdida, con un autollanto, como si el dolor fuera por todo aquello que fui perdiendo en el camino y acabó dejándome completamente sola.
Te felicito doblemente Asunción, por tu onomástica y porque conseguiste el ansiado cielo.