ESCUELAS

Durante mi niñez era fácil recordar los nombres de las compañeras de la escuela aunque fuésemos cincuenta por aula. Si, cincuenta, no exagero. Eran otros tiempos y creo que aunque el sistema educativo de esos años, la EGB, tuvo sus más y sus menos, los chicos salían de la escuela a los trece o catorce años sabiendo, en general, mucho más que hoy con esos sistemas protectores de la infancia hasta convertirla en prácticamente una disminuida social.

No me digan que estoy equivocada, seguramente lo estoy, suelo estarlo a menudo y gracias a ello no me supone ningún trauma aceptar mis errores, pero ello no da lugar a que yo exprese mi opinión, aunque algunos les parezca equivocada y a otros incluso sesgada.

Una de las cosas que ha perdurado en el sistema educativo es la existencia de la enseñanza pública y privada, lamento no tener experiencia personal de la primera, aunque recuerdo que al terminar la EGB y comenzar el BUP, pude comprobar que los alumnos que provenían de la pública tenían por lo general una formación más sólida que los de la privada.

En la privada teníamos más medios, teníamos biblioteca con la Espasa completa, laboratorio con mecheros Bunsen que jamás llegamos a utilizar, salón de actos para cantar en navidad y por supuesto, una capilla con sacristía incorporada donde recibir la eucaristía de forma periódica.

Pero había algo que fallaba, gran parte del profesorado no era ni tan siquiera maestro, eran en su mayoría personas con cierta vocación de enseñanza que nos hacían leer las lecciones entre todos en voz alta y después nos mandaban ejercicios -si no los terminabas, tenías deberes, si los acababas, al salir de clase te quedabas a jugar en la calle hasta que tu madre te pegara un grito por la ventana.

Alguno se preguntará como podían hacerse con cincuenta chicos en un aula y conseguir enseñarles algo. Había varios factores y en primer lugar quiero aclarar que también existían los inadaptados, los gamberros, las víctimas de bulling y todas esas cosas que parecen ser de hace poco tiempo.

Uno de los factores más importantes era el valor de respeto y responsabilidad que existía en la relación profesor – alumno. Un padre dejaba a su hijo en la escuela no solamente para que le enseñaran conocimientos de los libros, esperaba también que se le educara. Eso no quita que en casa, los chicos recibieran educación, claro que sí -vale, también había que no, pero eran pequeñas excepciones. De la misma forma, también existían profesores de mala sangre que maltrataban a sus alumnos tanto física como psicológicamente: no faltaba quien respondía a las faltas de los alumnos con cuarenta reglazos en las yemas de los dedos, con unas orejas de burro o con pasar la clase cara a la pared, de rodillas y con los brazos en cruz, cargando un par de libros en cada mano ¡ y pobre del que se moviese!, no faltaba también el sádico total que se dedicaba a enviar a todo aquel que se moviera al almacén a oscuras y con acompañantes queseros y peludos.

Quizá todo ello nos hacía madurar más rápido, caminar o reventar, como el Lute, ¡ja, ja ja!

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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