CONFESIONES AJENAS CON ERIK ESTRADA

Hace ya unos años la vida me regaló una amiga a la que le encantaba contar historias.

Mi hermano nos dejó un día como hoy, 23 de abril, hace ya veinte años. Se llamaba Oscar y recién había cumplido treinta años.

Un accidente de tráfico había hecho que mi hermano pasara los últimos años de su vida prácticamente inmóvil.

Yo siempre pensé que aquel accidente había sido el resultado de una noche de fiesta y hace unos días descubrí que la realidad distaba mucho de aquel supuesto que durante años habíamos dado por válido.

Todo empezó a desenvolverse al día siguiente de la muerte de mi padre. Mis hermanas y yo decidimos llevar la urna de sus cenizas a la torre de Valvidriera, para que descansaran junto las de mi madre. Mi hermano también descansa allí, pero siempre nos dijo que, cuando llegase el momento y lo incinerasen , quería estar en el punto más sombrío del jardín, en el lado opuesto a las cenizas de mamá. Ninguno le dimos importancia, sabíamos que el final llegaría pronto y en ningún momento nos pareció inapropiada la idea de andar hablando de esas cosas, lo hacíamos con naturalidad, incluso sonreíamos escuchando algunos detalles ocurrentes de mi hermano.

Los últimos años de su vida, -antes del accidente- apenas no veíamos- hacerse adulto, estudiar, trabajar… en fin… la vida aveces hace que tomemos decisiones que nos obligan a elegir entre aquello que tenemos y lo que queremos tener. En esos momentos o se hacen concesiones o difícilmente consigues tus metas. Tuve que abandonar Barcelona. Había estudiado Geología y después de varios años haciendo suplencias en un instituto de Sant Adrià, conseguí uno de esos trabajos que había soñado toda mi vida. Solo había un problema, era muy lejos de Barcelona y Oscar no pasaba su mejor momento.

Intentaba una y otra vez hablar con él, saber el porqué de sus silencios, de su mirada sombría, de su cabeza gacha al caminar. De un tiempo para acá su ánimo era prácticamente inexistente, no era ni una sombra de si mismo, pero no había manera de saber lo que le ocurría y así, no había manera de ayudarlo.

Cuando llegó el momento seguimos escrupulosamente sus instrucciones, a pesar del gran dolor que nos embargaba, en algún momento, su recuerdo hizo aflorar alguna sonrisa en nuestros rostros.

Recordábamos los días en que la amiga escritora venía a tomar nota de las conversaciones de Oscar con sus amigos. Se lo montó bien, no sé cómo, consiguió que muchos de sus amigos lo visitaran años después del accidente, cuando alguno de ellos incluso pensaba que no había conseguido volver a casa.

Al cavar un pequeño hoyo para introducir la urna, la azada chocó con algo que no era la urna. Parecía una caja de madera. Puse cuidado, cogí los guantes que mi padre se ponía para hacer las labores de jardinería, y con mucho cuidado, fui quitando la tierra hasta desenterrar la caja.

Nos había dado un poco de yuyu, encontrarte una caja bajo tierra, impone lo suyo.

Una vez fuera de la tierra, mi hermana la limpió con mucho cuidado. Marlene había reconocido la caja, ella misma la había traído de uno de sus viajes a Marruecos en los ochenta. Marlene sonrió.

Ninguno nos decidíamos a abrir la caja, al final fue mi hermana Clara, la pequeña, la que decidió dar el paso.

La caja estaba llena de cuadernos, de aquellos que se llevaban en nuestros años de instituto, unos con motos, otros con fotos de parejas paseando con una puesta de sol de fondo…

También había alguna foto antigua. En el fondo de la caja encontramos una foto de mi excuñada, rota casi por la mitad, donde separaba a mis sobrinas. Ariadna, la mayor, quedaba junto a su madre; Roxan, la pequeña, junto a Oscar.

Mis hermanas y yo nos mirábamos extrañados. Entonces, sin hablarnos, decidimos coger cada uno un cuaderno y empezamos a leerlos.

Inmersos en aquella lectura redescubrimos a nuestro hermano.

Los momentos se hicieron casi mágicos, mientras devoraba con los ojos aquella sucesión de palabras, sentía que no era yo el que leía, sino Oscar quien me explicaba una historia que jamás ninguno de nosotros habíamos sospechado, ni tan siquiera imaginado.

A mi siempre me dio la impresión que el divorcio de mi hermano no había sido más que el producto de la inmadurez. Era demasiado joven cuando se casó y todavía más cuando tomaron la decisión de tener hijos, pero bueno, era su vida, se le veía enamorado y feliz y nadie se lo cuestionó.

Tampoco tras la separación hubo un “te lo dije” sencillamente porque nadie le dijo nada.

Las últimas líneas escritas en aquellos cuadernos databan del mismo día del accidente, Débora le había confesado que Ariadna, su consentida, no era realmente su hija.

Después de escribir esa última frase, debió enterrar la caja y salir de casa con el Scirocco recién comprado a toda velocidad.

El resto, ya lo sabéis todos…

UN RELATO PARA OSCAR (Spanish Edition) di [Poval, Lamari]

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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