CONFESIONES AJENAS CON PABLO DURAN

Nunca fui buena persona. Debo comenzar mi confesión, así, con esta afirmación rotunda para que nadie en ningún momento tenga la menor duda de mi ausencia de calidad humana.

Es cierto que jamás es matado a nadie, por lo menos de la forma habitual, esa con la que se ayuda al vecino a abandonar más pronto que tarde este mundo que compartimos.

También es verdad que en alguna ocasión he cometido el error de creer que podía abandonar este estado perverso y es de ello de lo que voy a hablar.

Toda mi vida me acompañó un gran fama de vago. Fama de la que yo mismo presumía desde los tiempos de la escuela, donde ni tan siquiera me molestaba en pasear los libros. Ya por aquel entonces tenía un amigo, uno de esos niños a los que el resto da de lado por algún motivo. Se llamaba Julián y llevaba gafas, razón por la cual el resto de los chicos se reía de él.

Yo, ya por aquel entonces aproveché mi villanía para convencerlo de mi amistad y convertirlo en mi pequeño esclavo. Julián era miembro de una familia humilde, su padre era pescador y tenía ocho hermanos más, ni tan siquiera podían comprar los libros de la escuela, razón que yo aproveché para acercarme a él. Decidí dejarle los mios, a cambio yo le daba mi amistad, y como éramos amigos y yo le dejaba los libros, Julián cargaba con ellos, me hacía los deberes y me rellenaba los exámenes con mi letra. Había aprendido a imitarla de manera perfecta, y total, ¡el maestro solo conocía esa!.

Me acompañó fielmente todos los años de escuela hasta que llegó el momento de cursar estudios superiores. Ambos gozábamos de un expediente impecable pero el no podía acceder a la educación universitaria, así que decidimos continuar con una maestría. En mi casa no sentó muy bien, yo era hijo único y mis padres habían puesto en mi muchas expectativas, pero sencillamente, no se dio.

Al terminar nuestros estudios, el se marchó a Tarragona para trabajar en la refinería y yo continué en el pueblo ayudando a mi padre en el negocio. Mi padre de dedicaba a la construcción de naves de recreo de pequeño calado, de manera totalmente artesanal.

No volví a ver a Julián durante mucho tiempo, y de alguna manera lo echaba de menos. Aunque no lo dijera, sino hubiese sido por él yo ni tan siquiera hubiera conseguido el Graduado Escolar, pero eso es algo que quedó entre él y yo, y quizá fue pensando en Julián cuando en algún momento de mi vida decidí sentar cabeza y convertirme por fin en un hombre de bien, aunque eso costaba.

Cuando terminaba mi jornada laboral me movía en ambientes poco recomendables, pero era allí donde yo me sentía a gusto, como pez en el agua, con mis amigos de toda la vida, ninis de los de ahora, la mayoría como yo, con la cuarentena en ciernes o recién saltada.

Lo nuestro eran las barras, fueran del establecimiento que fuera y el tonteo permanente. Algunos habían abandonado en grupo a cambio de una familia, otros, había añadido una familia a su vida pero no habían abandonado el grupo.

Lo nuestro era la juerga siempre que el cuerpo lo permitiera, pero un día ocurrió algo. Mi padre me dijo que se jubilaba y que contaba con que yo me hiciese cargo del negocio a lo que yo, sin pensarlo, le dije que no. Yo no quería responsabilidades de ningún tipo.

Mi padre se enfadó mucho y me dio un ultimátum, sino llevaba la empresa la vendería. Yo le dije que no me negaba a trabajar en la empresa pero que no quería responsabilidades, que era muy joven -yo tenía por aquel entonces treinta años aproximadamente.

Fue entonces cuando empecé a trabajar como camarero durante las temporadas de verano en un pueblo cercano, entre eso y las ayudas conseguí mantener mi nivel y a mi padre neutralizado.

Yo lo acompañaba al médico cuando no estaba trabajando y a mi madre la tenía camelada con cuatro achuchones, hasta que un día me planteó tener novia y casarme. A mi eso no se me había pasado por la cabeza ni en mis peores pesadillas, yo había tenido mis parejas y había durado lo que tenía que durar pero nunca me había planteado ir más allá, la verdad es que tampoco me lo había pedido el cuerpo, yo creo que si en alguna ocasión yo hubiera sentido la necesidad de dar un paso más con alguna mujer lo habría dado pero no había sentido yo todavía la llamada de la familia. Así había pasado mi vida y ya no tenía tanto éxito, ya me iba costando cada día más, tener algo más que un flirteo con alguna mujer, las de mi edad que me interesaban ya estaban ocupadas y las que eran algo más jóvenes

Cada vez quedábamos menos en la junta de toda la vida y empezábamos a aburrirnos, fue entonces cuando empezamos a echar el ojo a un tipo de mujeres con las que hasta ahora habíamos tenido poca relación.

Se trataba de un grupito de jóvenes en general de familia humilde, que con gran esfuerzo de su parte y sacrificio económico por parte de sus familias habían conseguido tener una carrerita. Se les había pasado un poquito el arroz entre tanto libro y se habían vuelto algo escrupulosas respecto a los chicos de su edad y de su clase.

Si, en mi pueblo todavía hay estas cosas, se mira a las familias por su dinero, a los hombres por su aguante con el vino y a las mujeres por su pureza. A algunos puede parecerle execrable, pero eso existe, aquí y ahora.

En nuestro aburrimiento decidimos ir a por alguna de esas chicas y toda la junta vacante quedó empatada. En general fue bien, había buena simbiosis, ellas ganaban posición y nosotros una mujer sin mácula, incluso aquel intercambio se convirtió en amor, pero conmigo -yo seguía siendo un canalla- no ocurrió.

Me convertí en el novio perfecto, atento con ella y con toda su familia. Mi madre saltaba en una pata de la alegría, mi novia, porque Marta ya era mi novia, no le gustaba del todo porque hacía muchos remilgos a escondidas, creyendo que no la veían y además le habían llegado comentarios que no la agradaban, nadie hablaba de Marta como una persona agradecida, lo único que se comentaba era su beatismo y su prudencia.

Conforme la fui tratando me di cuenta que aquella chica perfecta y sin mácula no era lo que yo había imaginado y decidí dejarla. Ella se me puso llorosa y yo, tonto de mí, le seguí dando cuerda.

A mi no me importaba que ella fuese una interesada, pues en cierto modo, el interés era mutuo.

No sé si queriendo o sin querer me fui alejando de ella. Continué siendo el novio y yerno perfecto, pero lo hacía de forma ausente, como si hubiese puesto el piloto automático, era la única forma de soportar su intransigencia, su falsedad, su hipocresía. Estaba frente a una mujer más perversa que yo, mucho más.

Yo empecé a tratarla un poco mal, con la esperanza de que me dejara, le decía abiertamente que no la quería y que no quería casarme con ella pero ella hacía caso omiso y se reía. Creo que se creía tan merecedora de todo que no veía factible que yo la dejara.

Pero un día la dejé, conocí a Carmen, durante mi trabajo de temporada en un pueblo vecino. Sucumbí ante su bondad y su generosidad, yo no estaba acostumbrado a tratar con mujeres de tal calidad humana, ni tan siquiera en mi familia.

Me enamoré, me enamoré como un idiota, como el idiota que había sido hasta ahora.

Cuando volví de hacer la temporada decidí romper mi relación con Marta, pero no me dió ocasión, parecía saberlo, había comprado un apartamento y ya lo estaba decorando.

Sin darme cuenta me encontré preparando una boda que no deseaba mientras aprovechaba cualquier excusa para ausentarme y visitar a Carmen. No me importaba hacer un montón de kilómetros para pasar unos instantes con ella. Carmen me hacía feliz, y yo me sentía mejor mejor persona. Con Carmen fui sincero desde el primer momento, creo que por primera vez en mi vida había sentido la necesidad de serlo.

Un día decidí contarle la verdad a mi madre, le dije que iba a dejar a Marta. Mi madre se negó en redondo, me dijo que eso no podía ser, que Marta era una niña de su casa y que aunque no fuera perfecta no la iba a cambiar por una desconocida que sabría Dios con cuantos habría estado.

Me enfadé al oir hablar a mi madre en esos términos y sali de casa pegando un portazo.

Fue en ese instante cuando decidí cometer la última villanía de mi vida, dejaría a Marta en el altar y luego huiría con Carmen.

Y así lo hice. Delante de todos le dije a Marta que no la quería, que no podía enamorarme de una mujer desagradecida con la vida, y envidiosa como ella, le dije, delante de todos los presentes que Marta era un fiasco, que estaba muy lejos de ser la mujer que aparentaba y que si, no era allí y ahora, no iba a poder dejarla.

Mi familia desde entonces no quiere saber nada de mi, pero yo con Carmen, soy inmensamente feliz.

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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