CALISAY Y CAMILO SESTO

Después de pasados más de diez años, todavía llevaba clavado aquel episodio infantil.
Fue una tarde en un verano cualquiera, caluroso como todos, allá por los años setenta. Mezzo junto a otras amigas habían estado jugando en la calle a la charranca. Ya aburridas y sedientas decidieron subir a beber agua y descansar un poco. Mónica ofreció su casa a todas las niñas, sus padres estaban trabajando, la casa estaba sola. Una vez en el piso, se sentaron en el salón y enchufaron el televisor. Mezzo tenía una sed tremenda y pidió un poco de agua a Mónica. La niña gentilmente le ofreció un vaso. Un agua blanca, turbia, clorada en exceso, cosa bastante normal por la que Mezzo no le dio importancia, la sed le impidió esperar la evaporación del desinfectante. Bebió con ansia sin reparar en los sabores y ambas fueron a reunirse en el salón con el resto de las chicas. Hablaban de sus cosas mientras miraban el televisor, parecían mujeres en pequeño.
Aquella tarde pasó como una más en el calendario de un verano más, de aquellos que transcurren sin incidentes, solo un pequeño terremoto que obligó a desalojar a todos los vecinos y que ellas aprovecharon para investigar la noche en el barrio mientras la gente despavorida había abandonado sus casas para sitiar las calles. Por lo demás, un verano más en sus vidas.
El verano terminó y la vuelta al colegio tomó relevo en con el nuevo curso en sus vidas. Una vez comenzado, algunas de las niñas iban y venían en grupo de la escuela, entre ellas, Mezzo y Mónica.
Algo había cambiado entre ellas, si bien es verdad que aunque jugaban juntas de vez en cuando, nunca fueron grandes amigas –cuando digo este tipo de cosas… echo de menos ese cooperativismo existente en el colectivo masculino…-
Un malentendido vertido de manera malintencionada dio lugar a la escisión total del grupo veraniego. Minerva, la mayor de todas ellas, aquella que, como diríamos ahora, marcaba tendencias, empezó a verter comentarios hasta que consiguió deshacer el grupo para hacerse con el liderazgo de la mayor parte, motivado todo el asunto, por un episodio de pantalones entre ella y la hermana mayor de Mónica.
Entre toda la retahíla de dimes y diretes tuvo lugar una revelación sangrante para Mezzo.
¿Recuerdas el día que bebiste agua en mi casa? ¿si?, preguntó Mónica malintencionadamente pero disimulando con cara lánguida y voz candorosa.
Si, en verano. ¿a qué viene eso?, preguntó sin dar importancia.
Te la ofrecí en un vaso sucio, un vaso que estaba sin fregar de los que habíamos tomado leche por la mañana, contestó de manera dañina, buscando leña, con mirada maliciosa y sentimiento de dominio sobre el grupo, intentando de alguna forma, recuperar lo que Minerva le estaba quitando.
Sin mediar ni una palabra, sin demostrar aquel sentimiento de impotencia, de rabia, de no entender, Mezzo la dejó hablando y se fue corriendo con las lágrimas a punto de brotar y se escondió en su cabaña. La cabaña era una especie de habitáculo que Mezzo tenía en la zona no urbanizada en la parte trasera de los edificios que lindaba con las vías del tren. Allí, una zona salvaje con apariencia selvática llenaba los terrenos de abundante vegetación debido a la humidificación de una riera que por allí fluía subterránea. La exuberante vegetación donde abundaban los cañizales era un lugar donde muchos críos construían refugios a su abrigo. Mezzo iba allí a descargar sus numerosas frustraciones infantiles, un lugar que solo ella conocía y de difícil acceso. Unas veces gritaba, otras lloraba. Allí no podía ser descubierta por nadie. Fue en aquel lugar donde decidió evitar a Mónica, a quien consideraba una niña cruel y de malos sentimientos. Seguramente, para Mónica, el incidente del agua no fue más que una travesura, una gamberradilla sin importancia, pero no fue así para Mezzo. Mezzo era de aquel tipo de personas que evadía las discusiones y fue por ello por lo que decidió no encontrarse más con su compañera de juegos. Prefería las luchas en sus propios fueros antes de tenerlas con el prójimo. Mezzo era así. Quizás por esa falta de oposición era presa fácil de aquellos críos que disfrutaban viendo sufrir a los compañeros, la mayoría, he de decir, personas dentro del equilibrio dentro de su vida adulta, sin memoria negativa de su infancia, época que recordaban años después como años dorados, sin malicia, habiendo olvidado de largo sus hazañas, ni tan siquiera imaginando, el daño que en su día sembraron y que un día, no muy lejano, cosecharían.
Pasados los años, cuando ya las discusiones no eran a causa de la charranca, las chicas se veían de vez en cuando, se saludaban, pero nada más. Un breve saludo era a lo que habían quedado reducidos los pocos encuentros entre ambas. Mezzo nunca le perdonó aquella crueldad, que recordaba como si hubiese sido en este mismo instante, las risas del resto de las niñas por haber bebido agua en un vaso si lavar. Mezzo había quedado tocada con aquel episodio prácticamente sin importancia, quizás una discusión o una enganchada por los pelos hubiera aireado el asunto y no lo hubiese llevado en su memoria durante años. Se había sentido vejada, a nadie se le ofrecía agua en un vaso sucio, un vaso sucio debía limpiarse y, una venganza era lo más efectivo. La vida se encargó de darle una oportunidad.
Tras los cristales de su casa observaba los movimientos de Mónica que por aquel entonces ya era toda una señorita, muy bella por cierto, y había sido capaz de conquistar a uno de los chicos más cotizados de la zona, Maxi.
Mezzo observaba a la pareja, tenía claro, por los detalles que descubría, que Mónica estaba con él, sencillamente porque era el más popular y a su lado era el centro de miradas, la reina. A una legua podía verse que solo quería lucirse con él, tener para ella lo que todas deseaban. Nada más. Mónica no era capaz de querer, su mayor pretensión, des de muy pequeña, había sido poseer, y ser una persona deseada y envidiada por sus pertenencias. Puede sonar feo, pero era así. Mezzo no era la única víctima de sus caprichos. En la infancia, robaba juguetes a otras niñas diciendo que se los habían dado, era toda una maestra en el tema del engaño.
Maxi era un chico espectacular, tanto física como académicamente. Un apasionado de la mecánica que pese a ser buen estudiante no hacía BUP, sino Formación Profesional de mecánica. Era lo que más le gustaba.
Siempre iba acompañado de su fiel amigo David, un año mayor que él, guapo donde los hubiera y estudiante de 3º de BUP.
La entonces mejor amiga y confidente de Mezzo, Holland, estaba enamorada platónicamente, claro está, de David. David era de esos chicos bello por fuera y por dentro, pero hombre, al fin y al cabo.
Mezzo era bastante hábil socialmente, sobretodo si de ayudar a un semejante se trataba. Aunque esta vez, el gesto no iba a ser del todo desprendido. El asunto, básicamente tenía como objetivo conseguir una cita para Holland con David, y así, de manera indirecta, tener a Maxi cerca, para poder hacerle una faenita a Mezzo, aquella que durante años esperó cobrar. Fue fácil y limpio, Mezzo era mayor que Maxi y… era mujer.
Aprovecharon un corto viaje de su familia, -hecho muy puntual y extraordinario a su favor- e invitó a los dos jóvenes a su casa. Un poco de música, una copita de Calisay que había en casa de las navidades pasadas. Los chicos empezaron a bailar las canciones de Camilo Sesto, románticas donde las hubiese en aquellos tiempos. Al poco rato, ambas parejas estaban sentadas en los sillones del salón completamente acalorados. Holland estaba en el cielo, tenía quince años y se encontraba entre los brazos de su primer amor platónico, que en aquellos momentos se mostraba tangible. En ningún momento se le pasaba por la cabeza la palabra mañana, ni tan siquiera el concepto de más tarde.
Mezzo andaba aparentemente en lo mismo aunque la realidad es que no tenía nada que ver. Ella tenía un amor, un amor que le trataba duro, que la había hecho fuerte, que le costaba sangre sudor y lágrimas, y que pese a su juventud, había hecho de ella una mujer fuerte, sólida, difícil de maltratar por cualquier otro flanco.
Llevaba más de dos años enamorada de Apolo, el hermano mayor de Holland en la mayor de las soledades, una relación de las de una de cal y una de arena sin, lamentablemente, y digo lamentablemente, porque hubiese sido una bella relación, llegar a dar un paso completo en ningún sentido.
Tal vez aquel incidente no fue importante para ellos, a los dos les sobraban las chicas y Maxi tenía una relación de varios meses con Mónica. Mezzo continuaba acordándose del día en que todas sus compañeras de juegos se rieron de ella por culpa de Mónica. Aquel episodio infantil rondaría su cabeza mientras ella no lo vengase, Mezzo lo entendía así. Aunque habían pasado muchos años, ella continuaba con su venganza. Una venganza contra Mónica (urdida contra ella), contra Apolo (urdida de manera involuntaria) y contra ella misma. Lo que su amiga Holland sintiera al día siguiente no sería considerado más que un daño colateral, y con un poco de suerte no descubriría nunca la verdad: Descubrir que su mejor amiga la había utilizado para llevar a cabo una venganza, como un cebo, una carnaza engañado con una historia de amor eterno.
Mientras, Mezzo estaba en el sillón con el mítico Maxi se hizo una promesa, bajo ningún concepto volvería a estar con él ni con cualquier otro que se le pareciese. No le gustó la sensación. Quizá estaba equivocada o decidió auto flagelarse para purgar una tarde maquinada con alevosía. Estaba con él y disfrutaba. Tanto que perdió la medida de los acontecimientos, de quien era él y quien era ella, y decidió llegar al final. Sin pensar la importancia del movimiento. ¿Frustración? Nunca se supo. No dio lugar.
Las caricias se habían ido haciendo espesas, densas, embriagadas de sudor y saliva, de calor; el área de exposición iba creciendo, el corazón aumentaba el ritmo de sus latidos, estaba a punto de explotar. Era ya o era nunca. Fue ya y nunca.
Maxi abrazaba a Mezzo mientras bailaban. Subía y bajaba sus manos por la espalda de Mezzo. De manera descuidada deslizaba la mano dejándola caer a la altura de la cadera de Mezzo. La apretaba con fuerza. Mezzo notaba como un sexo erecto presionaba su pubis que se dejaba llevar.
Su amigo era más sutil, acariciaba con sus dedos suavemente el cuello de Holland. Ella cerraba los ojos mientras sentía el cielo bajo sus pies. En aquellos momentos estaba viviendo la experiencia más sublime para sus sentidos. Nunca había sentido algo así. Sus experiencias con el sexo opuesto se resumían en un par de besos robados durante un apagón en el colegio y algún que otro tosco magreo en la fiesta de final de curso.
Mezzo había vivido ya algunas experiencias, aunque no tan numerosas como ella daba a entender. Hombres para bailar, acariciarse o besarse, había conocido algunos. Pero en el mundo del sexo, de manera literal, solamente había tenido un intento de violación, frustrado físicamente, aunque había dejado varias secuelas. Muchas. Graves. Importantes.
Quizá por aquello no tenía miedo, su pudor había desaparecido por completo. Se podría decir que Mezzo miraba al sexo opuesto con desprecio, sin importarle nada, sin temer a una frontera, actuaba de manera suicida, sin valorar consecuencias, como si no se quisiese, como si su propio cuerpo, sus sentimientos o su reputación estuvieran inertes, no sintieran, todo fuese igual.
Después de su experiencia, en cierto modo, las buenas costumbres, los valores inculcados en las mujeres de su familia durante generaciones habían desaparecido en ella. La tarde de su agresión todo se rompió.
Dispuesta a llegar al final empezó a acariciar a Maxi. Besó su cuello. Primero suavemente, luego de manera apasionada, casi violenta. Se dejaron caer en el sillón. Él metió su mano en su sujetador y empezó a tocarle el pecho, estrujándolo. Ella, en toda su interpretación de mujer excitada, desabrochó sus tejanos y empezó a acariciar su sexo. Maxi se volvió loco, nunca había vivido una experiencia semejante con Mónica, su pareja, no había pasado del alivio arrebatado tras abrazarlo muy fuerte mientras bailaban juntos las lentas en el Ding Dong los domingos por la tarde y robarle unos besos en el portal como despedida. Y eso ya le parecía mucho.
Entre las dos parejas la temperatura continuó subiendo. Holland y David llevaban un ritmo más ralentizado aunque ella experimentaba un éxtasis continuo.
La otra pareja continuaba con su ritmo afrodisíaco cuando de repente, Mezzo sintió algo que la hizo parar. Saltó del sillón enérgicamente y sin mediar palabra corrió hacia la puerta. Todos la miraron. Ella los miró.
Ellos, atónitos. Ella, con decisión.
Por favor, se está haciendo tarde.
Los chicos no pusieron ningún impedimento, se despidieron. Solo un adiós.
Ni un beso, ni un nos vemos… era como si quedase sobreentendido que aquello había finalizado allí y en aquel preciso momento.
Mezzo y Holland se quedaron solas. Holland no cuestionaba la manera de proceder de su amiga. Pensó que su amiga no quería llegar a más, pasarse de la raya.
La sintió más amiga que nunca, una amiga que se preocupaba por ella como su propia madre. Lejos estaba de imaginar que había sido utilizada vilmente por su amiga, que esa tarde de Calisay y besos para ella, no había sido más que una venganza calculada milimétricamente por su amiga.
Ambas bajaron a dar una vuelta por el barrio. Mientras Holland explicaba con todo lujo de detalles las sensaciones que esa tarde había experimentado, Mezzo, aparentando mucho interés, pensaba que no volvería a hacerlo. Cuando Holland hubo terminado de hablar de su historia le preguntó:
Oye, ¿y tú que tal? Es guapo el tuyo, aunque no tanto como el mío.
Mezzo la miró y le dijo:
Yo no sé que tanto tuyo sea David pero puedo asegurarte que Maxi no es nada mío.
Holland la miraba extrañada, no entendía nada, no sabía si había algo que se la había pasado por alto. Mezzo, sabiendo que no podía explicarle la verdad tal como era, improvisó una respuesta, no del todo incierta.
Verás, creí que Maxi era otra cosa. Como las chicas con las que ha salido dicen que es un buen tío. Y la verdad, no está mal… pero a mí no me ha gustado. No sabría explicarte… Pero ha pasado algo esta tarde… fue un momento, un instante en el que algo me hizo ver que no debía continuar…
Mejor así-contestó ajena a lo que en realidad había ocurrido aquella tarde.

Habían pasado algunos días cuando Mónica de manera forzosamente casual se encontró con Mezzo.
Cuanto tiempo… Dos besos, que alegría verte compañera. Te vendes caro conmigo.
La verdad es que salgo poco, ya sabes, los estudios… ¿tú ya no estudias no?-preguntó soberbia.
Yo, que va que va. Espero que mi novio, cuando nos casemos, me convierta en la reina de su casa y me mantenga.
¡Qué divertido! No sabía que tenías novio.-contestó sonriente.
Sí, aunque llevamos unos días sin vernos. Discutimos. Ya sabes, cosas de pareja, ¿tú no discutes nunca con tu chico?
Yo no tengo chico. La verdad, no tengo tiempo. Supongo que por eso de cosas de pareja no entiendo mucho. ¿Qué os pasó? Si se puede saber…
Pues te lo voy a explicar. Resulta que el viernes pasado me dejó plantada.
Pero bueno mujer, algo debió pasar. Por eso no habrás discutido.
Pues no pero sí. Cuando vino el domingo lo noté muy raro… como que no tenía ganas de estar conmigo. Le pregunté que le ocurría y me dice que cortamos. ¿Qué cortamos qué?, le pregunté y me salió con que ha conocido a otra, que ahora sabe lo que es el amor, que se ha dado cuenta que lo nuestro era una cosa de críos, que lo siente mucho, pero que se ha enamorado. Yo lo empecé a mirar con cariño y me remata diciendo que de otra. Imagínate, monté en cólera y más cuando me dijo que yo conocía a esa chica. ¿Tú no has escuchado nada?
Yo… no, no. Ya verás como lo arregláis.
Claro que lo arreglaré. Cuando me entere quien es la zorra que me lo ha quitado el novio la voy a dejar calva de arriba abajo.
Mujer, seguro que no ha sido nada. Vosotros ya lleváis mucho tiempo
Ojalá. Gracias por escucharme. Tu siempre tan amable conmigo… Si te enteras de algo…
Si mujer, voy a estar al pendiente. Para que si no estamos las amigas-contestó con tono altruista, haciéndose gala de su buena interpretación..
Mezzo quedaba admirada de si misma, se sentía que estaba descubriendo una nueva Mezzo, capaz de urdir los planes más maquiavélicos y mentir hasta la saciedad impunemente.
Mónica estaba muy lejos de sospechar que la sombra de sospecha sobre una infidelidad tuviera origen en la para ella insignificante Mezzo. En su mundo de grandeza, de superioridad sobre el resto de las chicas, no podía ni tan siquiera pasarle por la cabeza que lo que estaba buscando estaba delante de sus propios ojos. Si había decidido explicar sus dudas a Mezzo era porque sabía que ella conocía a muchos estudiantes comunes con su chico, y su única intención era que su amiga, en intención de ayudarla o quizá de satisfacer la curiosidad por conocer la historia, acabaría indagando hasta poderle proporcionar alguna información. Divertido, dentro de su real preocupación para ella. No podía ni tan siquiera sospechar que esta vez, la insignificante Mezzo le iba por delante en todas las vertientes. Sabía lo ocurrido, sabía quien era la otra, y sabía que aquella tarde había marcado de tal forma su territorio que aquel chico no volvería con su novia. No acostumbraba a fallar cuando la vida no le iba en ello, y para ella, Maxi no era más que un instrumento, alguien con quien decidió pasar una tarde, por el retorcido hecho de vengar algo que había ocurrido hacía ya tanto tiempo, que casi no recordaba. Lo único que tenía presente y que la había movido, era aquella sensación de impotencia que los años no habían borrado de su memoria. Nada más.
Esa misma tarde, cuando paseaba con Holland cerca del cañaveral de la vía, vieron como el Sevillano, el tren que salía de Barcelona a las seis de la tarde, paraba de manera inusual allí mismo. En un momento se vieron envueltas en un torbellino de gente que gritaba y se dirigía hacia el paso a nivel. Preguntaron entre la muchedumbre que las arrastraba a las vías, y aunque sin recibir una respuesta directa, se dieron cuenta que algo había ocurrido, parecía que el tren había arrollado a alguien. Llegaron a las vías y pudieron ver como a lo largo de los raíles quedaban esparcidos múltiples restos de carne, huesos, vísceras y trozos de tejido destrozado.
Miraban horrorizadas, Holland la agarraba de la cintura asustada. Como tanta otra gente allí presente, caminaron en silencio por la vía para encontrar algún resto que ofreciera alguna pista sobre la identidad de la víctima.
Empezaron a escuchar que el tren había matado a dos chicos.
Ambas, igual que muchos que los que se encontraban allí, miraban a su alrededor, como intentado contar a todos sus vecinos, amigos y conocidos, querían descartar cualquier vínculo con las víctimas. De repente, vieron llegar llorando desconsoladamente a las madres de Maxi y David, unos trozos de tela de camisa a cuadros habían hecho sospechar a alguien de la identidad de las víctimas pero de momento, nadie había visto ningún resto que pudiese dar certeza de las sospechas, los trozos eran tan chicos, que podían pertenecer a cualquier ser vivo.
Al poco rato vieron acercarse solemne, en silencio a Mónica, que se acercaba a las madres de los chicos.
El grito de un muchacho, unos cincuenta metros en dirección a la ciudad, alertó a la multitud del hallazgo de un resto determinante. Mezzo corrió desesperada, como si la vida le fuese en el momento. Mónica la miró.
Allí, entre las piedras de la vía se encontraba el macabro descubrimiento, un trozo de rostro humano. No había duda, era su boca, su nariz ensangrentada, su ojo izquierdo mirando al infinito, inerte. Era Maxi.
Aquella tarde, como otras muchas, el tren segó la vida de dos chicos.
Pero ese día, las víctimas tenían nombre, Maxi i Holland, unos días antes, ella lo había estado besando como si fuese la última vez, y seguramente, para él, lo fue.
Su mala acción, visto a su manera, tuvo su castigo y quizá la promesa había sido una premonición de la tragedia.

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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