LO QUE MUESTRA UN PLATO

No sé porqué, ¿cómo que no sé porqué? Claro que lo sé.

Ocurrió esta misma mañana durante el brunch dominguero. Todo seguía como cada domingo, la pauta habitual: Entras al establecimiento, te vas sin ni siquiera saludar a tu jefe que se encuentra en una esquina de la barra, a buscar el Xlsemanal para leer Patente de Corso. Me sirven como siempre, un Martini Extra Dry con doble ración de aceitunas mientras devoro ansiosa la columna, dedicada en esta ocasión, a algunos hombres de mar, y recuerdo de soslayo la foto inédita de mi hermano, descubierta ayer mismo y después de no sé cuantos años, del barco que durante un tiempo fue su casa.

Aunque pensé en seguir mi relato por ahí, imaginándole de cocinillas, en clave de humor, envenenando de manera virtual a sus comensales, duró poco en mi cabeza: un platillo inesperado, hizo explotar un recuerdo de otro brunch, otro domingo, otro lugar, otro tiempo.

Me vino a la memoria el recuerdo de Jacinta, porque cocinaba aquel platillo como nadie. Y pensando en ella me quedé escribiendo.

Jacinta desprendía amor en todo lo que hacía, era de aquel tipo de personas que con solo su presencia, conseguía armonizar el ambiente. Si veías el bar de bote en bote, era porque se encontraba ella tras el mostrador, si por el contrario, estaba medio vacío o hueco del todo, era Joel, su marido, el que servía. Gran parte de la clientela era gente joven de la misma calle, cerca de su casa, a los que ambos habían visto crecer a la par que sus hijos. Ella veía, escuchaba y callaba, y solo en una ocasión, la escuché hacer un comentario sobre una nueva clienta.

El marido sin embargo, era de aquel tipo de camareros de faenaba sin disimulo al lado de cualquier cliente con conversación interesante para él o bien, moscardeaba sin pudor ante las jovencitas que acudían al local. No había chica que no hubiera sido importunada en alguna ocasión, sin existir ningún pudor ni tan siquiera por la proximidad de la dulce Jacinta. En una ocasión llegó a ofrecerse para adornar la cama de alguna en mi presencia, alguna de las que había conocido desde bien chicas, que iban con sus hijos a la escuela, todo un cerdo, porque es que no sabía ni decir las cosas, no tenía ni idea como adornar sus hijoputadas.

Jacinta lo escuchaba manteniendo la sonrisa en sus labios mientras secaba las tazas del café.

Un día al entrar me llamó y me dijo: “Esa chica que te ha sustituido no me huele bien”

Yo le dije: “Jacinta, yo ya no estoy más en esa empresa, y la verdad, a mi me da igual lo que pase, yo me fui, me pagaron bien, y se acabó la historia, ya lo sabes”

Ella continuó diciéndome: “Yo veo cosas. Yo sé las cosas. Y yo no quiero que te haga daño, ni a ti ni a Andrade, os aprecio a los dos, a ti te he visto crecer y a él, lo quiero como todas, como se quiere al más deseado, y porque tengo la dicha de haberlo tratado, lo aprecio también, y me alegro del cambio que ha dado desde que tu entraste en su vida. Ha sido brutal. Esa chica quiere ser la dueña de todo y no tiene escrúpulos”

Yo empecé a ponerme nerviosa, ¿qué podía saber ella de Andrade y de mí? Todo lo que había habido siempre eran rumores, nada más. Cierto es que tras mi huida, los rumores se habían convertido en parte latente de una realidad, yo tenía una relación con Andrade y en la sombra continuaba dirigiendo su negocio como empleada de la financiera Roster y además,era verdad, era una parte importante de su vida personal, pero nada más. Para mi era eso, un amigo con el que me encontraba bien, le ayudaba con sus clientes difíciles, y salíamos a menudo, ,ahí se acababa todo, no había proyecto no había intención, no había futuro, solo el aquí y el ahora, ya está. Pasado un tiempo, la chica abandonó la empresa, tenía diecisiete años, y una ambición sin medida: Embarazada de su novio “con pasta”, decidió ir a por Andrade, que le pareció más jugoso económicamente, se acostó con él un par de veces y quiso endosarle la criatura que ya llevaba en su pancita, como si Andrade fuera tonto. Si que es verdad que los libros de cuentas no se le daban bien, pero era lo suficientemente inteligente como para tardar poco en ver que la niña le estaba robando casi desde el principio. Curiosamente, empezó a mirar las cuentas cuando observó que había sustituido su colonia barata por un perfume francés original. Ya lo había dicho Jacinta: “Esa chica me huele mal”

La chica duró poco en la empresa, lo justo. Al poco tiempo, cerró. Y la dulce Jacinta, siendo una protagonista más de las injusticias que tiene la vida, todavía joven, nos abandonó. Y Joel también cerró.

Y aquel trocito de mi calle quedó vacío, igual que el trocito de mi pecho donde se incluye el corazón.

Y de todo esto, tuvo la culpa un platillo de morros, así de simple.

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Acerca de Mechas Poval

Lamari Poval, Escritora salouense nacida en Barcelona. Multifacética en aficiones y destrezas, bloguera desde el año 2006. Aunque el oficio con el cual uno llena su despensa no sea el de escribir, si uno se levanta por la mañana pensando en escribir y es feliz cuando escribe, es escritor. Actualmente expone sus creaciones en "El racó de Mechas", de Mechas Poval y "Con un par" de Lamari Pujol. Publicaciones: UN RELATO PARA OSCAR, 2012, ed. Puntorojo MI HERMANO KEVIN,2013,ed.Vivelibro CUANDO LA MARACA SUENA,2014,ed,Amazon kindle
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